Kinshasa,
República Democrática del Congo
¿Cómo
ganarse un tiro en la frente de la forma más absurda y rápida? Es fácil, sobre
todo en un camino africano:
Hoy
el aguacero vespertino ha caído como una tromba gigantesca y se ha prolongado
hasta la noche, de suerte que no he tenido más remedio que tomar mi furgoneta.
He emprendido la ruta de la oficina a casa, ya cansado de gestionar papeles y
problemas insuperables. Dirijo la misión de ACF en este inmenso y caótico
país africano, pero siempre resulta difícil encontrar la manera de eludir los
mil trámites burocráticos con los que las autoridades locales tratan de
obstaculizar nuestra labor. En definitiva, estoy muy presionado para que
enfoquemos los programas hacia la capital, en vez de apoyar a las sufridas
poblaciones del Este del Congo. Cada uno mirando por su grupo y sus intereses,
y sin prestarme el mínimo apoyo en las faenas que, a diario, me veo obligado a
cumplimentar. Mañana, por ejemplo, es mi turno con el Ministro de Exteriores,
que se estrena en el cargo, tras las últimas conquistas territoriales de las
fuerzas de Kabila. Cuento con tener más fortuna, pues el nuevo gobernante
pertenece a la etnia banyamulengue, precisamente la gente que habita las
zonas entorno al lago Kivu, en las que nosotros venimos desplegando los
diversos programas de ayuda. La relación de asuntos a resolver ocupa una
carpeta que casi no me cabe bajo el brazo.
Pero
volvamos a las calles, cada vez más inundadas por la tempestad. Ansío volver a
casa, cenar y descansar profundamente hasta el amanecer. Debo apresurarme, los
caminos y callejuelas amenazan con convertirse en ríos de lodo. Así es la
estación de lluvias en el trópico: virulenta como un reflejo de la guerra que
azota este país de un extremo a otro.
En
el trayecto ha habido un momento de furiosa tormenta en el que apenas podía ver
algo a través del parabrisas. He optado por conducir muy lentamente, alerta a
cualquier movimiento, a algún caminante también desorientado, a alguna de esas
vacas famélicas que se cruzan siempre de la nada. Y lo temido ha ocurrido: de repente
he visto una sombra con forma humana bajo el diluvio. Un tipo descerebrado que,
lejos de apartarse del camino, se ha abalanzado sobre mí con grandes
aspavientos, hasta quedarse clavado justo delante, sin dejarme avanzar. No lo
he atropellado de milagro, y me he llevado un susto de muerte. Bajo la tormenta
no podía apreciar detalle, solo la figura de alguien gesticulando de forma
amenazadora.
“Un
asalto”, he pensado. “O un loco”. Un imbécil, mejor, al que he estado a punto
de arrollar de la forma más absurda. Lo cierto es que la mente no ha activado
sus mecanismos de prevención, esenciales en situaciones como esta, y lo único
que se me ha ocurrido ha sido abrir la portezuela y salir airadamente, bajo el temporal,
a reprender al tipo.
Con
todo el aguacero sobre mí, entonces he logrado ver con mayor claridad que había
un tronco atravesado en la carretera, y el energúmeno que tenía delante no era
sino un jovencísimo soldado empuñando un fusil Kaláshnikov. Aún más asustado
que yo, y gritándome como un desesperado:
—¡¡Control,
control!!, ¡¡Passport, Passport!!
No
me he ganado un tiro en la frente de milagro. Y es que a veces uno se juega la
vida de la manera más desatinada.