Las tres claves para entender
el hambre del siglo XXI
Invertir en seguridad
alimentaria, nutrición, agricultura sostenible o protección social contribuye a
reducir desigualdades, fortalecer comunidades y generar prosperidad a largo
plazo
Manuel Sánchez-Montero - EL
PAÍS, 28-07-2026
Llevo gran parte de mi vida
profesional trabajando en el ámbito humanitario, guiado por una convicción
profunda: acabar con el hambre es posible. Sin
embargo, vivimos tiempos en los que abundan las respuestas simples para
desafíos cada vez más complejos. Por eso, cuando me preguntan si podemos
lograrlo, sé que no existe una explicación única ni una receta rápida.
Para avanzar hacia ese objetivo,
primero debemos entender por qué millones de personas siguen sin poder alimentarse
adecuadamente. Las nuevas cifras del informe de Naciones Unidas El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición
en el mundo (SOFI 2026) que acaban de publicarse ofrecen algunas
claves. Combinadas con la experiencia de Acción contra el Hambre, que lleva más
de tres décadas trabajando junto a las comunidades más vulnerables, nos ayudan
a entender cómo ha evolucionado este desafío en el siglo XXI, por qué afecta de
manera tan desigual a distintas regiones y cuáles son las respuestas que exige.
Hay tres ideas especialmente
relevantes. La primera, que el progreso es posible, pero no avanza al mismo
ritmo en todas partes: mientras algunas regiones mejoran, otras siguen
atrapadas en una sucesión de crisis. La segunda, que este problema debe abordarse
mucho más allá de la respuesta humanitaria,
porque también condiciona el desarrollo, la estabilidad y las oportunidades de
millones de personas. Y la tercera, que el gran reto alimentario de nuestro
tiempo ya no es solo quién pasa hambre, sino quién puede permitirse una
alimentación saludable y nutritiva y el acceso a servicios esenciales.
Por qué unas regiones avanzan
y otras retroceden
Hoy, 645 millones de personas
pasan hambre en el mundo. Aunque la cifra es ligeramente inferior a la de años
anteriores, lo que demuestra que el progreso es posible, seguimos lejos del
compromiso de erradicar el hambre antes de 2030. De hecho, hay alrededor de 50
millones más de personas afectadas que cuando la comunidad internacional adoptó
la Agenda 2030 en 2015.
La evolución es muy desigual
entre regiones y ahí encontramos una de las claves para entender el problema.
Mientras Asia y América Latina han logrado avances gracias al crecimiento
económico, la inversión social y los sistemas de protección, otras zonas siguen
atrapadas en una espiral de crisis.
África concentra ya, por primera
vez, más personas con hambre que Asia: 309 millones. Una de cada cinco personas
en el continente pasa hambre. Detrás de estas cifras hay conflictos
prolongados, fenómenos climáticos extremos, desplazamientos forzados y economías
incapaces de ofrecer oportunidades a millones de personas.
Lo vemos cada día en países donde
trabajamos como Sudán, Gaza, Yemen o la República Democrática del Congo. La
guerra destruye cosechas, mercados, infraestructuras y medios de vida. Por eso
conviene desmontar una idea muy extendida: el problema no es la falta de
alimentos. El planeta produce suficientes alimentos para toda su población. El
verdadero problema es que millones de personas no pueden acceder a ellos.
Hablar de hambre es hablar de pobreza, desigualdad, conflictos y crisis
climática. Esa es la razón por la que algunas regiones avanzan mientras otras
siguen retrocediendo.
Más allá de la emergencia
humanitaria
Hay una segunda lección que
conviene no perder de vista: el hambre no es únicamente una emergencia humanitaria.
Es también un desafío de desarrollo, estabilidad económica y cohesión social.
Las sociedades que logran reducir
el hambre son sociedades que generan más oportunidades, mejor educación, mayor
productividad y economías más resilientes. Allí donde disminuye el hambre,
aumentan las posibilidades de progreso. Allí donde crece, aumentan la
vulnerabilidad, la pobreza y el riesgo de inestabilidad.
Por eso combatir el hambre no
debería verse únicamente como una obligación moral, sino también como una
inversión inteligente. Invertir en seguridad alimentaria, nutrición,
agricultura sostenible o protección social contribuye a reducir desigualdades,
fortalecer comunidades y generar prosperidad a largo plazo.
Esta reflexión resulta
especialmente relevante en un momento en que la financiación internacional
atraviesa una profunda crisis. En 2025, la ayuda humanitaria mundial registró la mayor caída
de su historia (un 36% menos), precisamente cuando las necesidades
alcanzan niveles récord. Cada euro que dejamos de invertir hoy en prevención,
resiliencia o desarrollo acabaremos pagándolo mañana en forma de crisis
humanitarias más profundas y costosas.
Las nuevas caras del hambre
Sin embargo, quizá el dato más
revelador del informe no sea que 645 millones de personas pasan hambre. El dato
que mejor refleja los desafíos alimentarios del presente y del futuro es otro:
2.690 millones de personas, una de cada tres en el mundo, no pueden permitirse
una dieta saludable.
Esta cifra obliga a ampliar
nuestra mirada. Millones de personas consiguen comer todos los días, pero no
pueden alimentarse bien. Pueden llenar el plato, pero no incorporar suficientes
frutas, verduras, proteínas o alimentos frescos. Las calorías siguen siendo
relativamente accesibles. Los nutrientes, en cambio, se han convertido en un
lujo para demasiadas familias.
Las consecuencias son visibles en
todo el mundo. El hambre convive con la desnutrición, las carencias de
micronutrientes y un aumento constante de la obesidad.
Hoy, 645 millones de personas
pasan hambre en el mundo
Y no es una realidad lejana.
También está presente en España. Más de uno de cada 10 hogares experimenta
algún grado de inseguridad alimentaria. Cada vez más familias se ven obligadas
a sustituir alimentos frescos por opciones más baratas y menos nutritivas. No
es casualidad que la obesidad infantil afecte con mayor intensidad a los
hogares con menos ingresos. La alimentación se ha convertido también en una
cuestión de desigualdad.
Por eso la lucha contra el hambre
del siglo XXI no puede limitarse a distribuir alimentos en una emergencia.
Necesitamos fortalecer los sistemas alimentarios locales, apoyar a pequeños
productores, invertir en nutrición, crear oportunidades económicas, reforzar la
protección social, ayudar a las comunidades a adaptarse a los impactos del
cambio climático y su acceso a servicios básicos esenciales (salud, agua y
saneamiento).
Sabemos cómo hacerlo. Tenemos
conocimiento, experiencia y evidencia suficiente para actuar. La verdadera
pregunta ya no es si podemos acabar con el hambre. La cuestión es si estamos
dispuestos a tomar las decisiones necesarias para hacerlo realidad. Porque el
hambre no es inevitable. Es el resultado de nuestras prioridades y,
precisamente por eso, también puede ser una elección colectiva ponerle fin.
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| Manuel Sánchez-Montero es Director de Acción contra el Hambre |