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MARCIAL ALEGRÍA
Precursor de la pintura primitivista en Colombia
La primera vez que vi un cuadro
de Marcial Alegría, me atrajo con fuerza el vivo colorido que refleja la realidad de
aquellas tierras campesinas y ganaderas. Fue en 1997, en la ciudad de Montería,
concretamente en La Bonga del Sinú, una apacible taberna a orillas
del río donde sus pinturas decoraban las paredes. Solía acudir a cenar con
algunos compañeros y a disfrutar sus sabrosos lomitos de res. Siempre me agradó encontrar
esos bellos retazos del alma cordobés mientras degustábamos una carne
inmejorable.
Tiempo después conocí a Marcial, cuando
una tarde me acerqué a visitar su taller en el corregimiento de
San Sebastián, en Lorica, bella población del norte de Córdoba. Costeño cordial
y de pocas palabras, me contó que había trabajado la mayor parte de su vida
como pescador, alfarero y agricultor. Pero ya por aquél entonces su
trabajo artístico empezaba a cobrar fama, no sólo en Colombia, sino en el mundo entero.
En los años siguientes participaría en diversas exposiciones en más
de dieciocho países, como Francia, China, Hong Kong, Estados Unidos, Canadá,
España y Alemania.
Su estilo se caracterizaba por escenas representativas de su entorno natal, como peleas de gallos,
corralejas y fiestas tradicionales. Su trazo era sencillo, pero nunca
simple y en absoluto rígido. Utilizaba pinturas de esmalte industrial, lo que daba a su obra un aspecto más auténtico y espontáneo, al limitarse las tonalidades
complejas en contraposición al óleo o al acrílico. La mayor parte la realizó
con esmalte sobre lienzo, aunque también pintó sobre arcilla, tela y madera.
El estilo primitivista también se evidenciaba en las herramientas con las que realizaba sus
tablas, pues experimentó con pinceles que él mismo hacía con pelos de colas de
gatos y con plumas de gallinas. La familia Alegría contaba con una
gran tradición en el modelado con arcilla, pintura en lienzo, madera, tela y
acetato.
Pese a mi empeño, nunca conseguí
comprarle un cuadro. Cuando quise hacerlo, Marcial estaba ya consagrado. Sus
obras se vendían a precios que escapaban a mi modesto bolsillo
y tuve que conformarme con una de las figuras de barro que realizaban sus hijos
en el taller de la aldea de San Sebastián.
Cuando pienso en mi querida Colombia,
me vienen a la mente los colores de Marcial que, para mí, hablan de un pueblo entrañable y del cariño hacia los compañeros con los que compartí una misión humanitaria inolvidable. Muchas gracias por aquella experiencia y un fuerte abrazo a
todos.



