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| Leila en la misión de Gbanga |
Bitácora de apuntes, recuerdos y relatos breves sobre mil viajes por el mundo - A Marzo de 2026 se muestran cronológicamente 286 notas, fotografías o artículos (desde 1966 hasta hoy). La vuelta al mundo en 286 entradas.
jueves, 6 de febrero de 1997
No hay guerra sin sangre
viernes, 15 de noviembre de 1996
jueves, 14 de noviembre de 1996
La guerrilla humanitaria de Jorge Semprún
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| Semprún, con el equipo de Acción contra el Hambre en Angola. 1996 |
sábado, 3 de agosto de 1996
Video: Las caras del hambre - 1ª parte
Mike regresó a su universidad con las 18 horas de grabación que recabé siguiendo cada una de su meticulosas indicaciones. Una experiencia profunda y, a ratos, demoledora, testigo directo de la catástrofe del hambre y el trabajo en busca de sus posibles soluciones. La edición final de esas imágenes cargadas de vida y de muerte fue llevado a cabo en los estudios de dicha universidad, pero yo traje conmigo la copia del bruto de las mismas, y decidí hacer una versión simplificada de mi vivencia, como un testimonio muy personal más acá del uso técnico para el que este material ha sido destinado. Todo ello queda resumido en este documental, grabado en Mogadiscio, la poblacion liberiana de Gbanga, los campos de refugiados de Gulu y Kidgum (Uganda) y los campamentos de desplazados de Burundi.
1ª parte, duración: 15'
viernes, 2 de agosto de 1996
viernes, 17 de mayo de 1996
jueves, 14 de diciembre de 1995
Emma Bonino, Comisaria de Asuntos Humanitarios
Ese día aproveché una visita que hice a la Comisión Europea con Jorge Sempún, para entrevistar a la Sra. Bonino en DIARIO 16.
miércoles, 13 de diciembre de 1995
Conversaciones a la sombra de una acacia
En la inmensa bastedad de
un desierto frío y rudo, por fin, se dibujó el campamento como una sombra
apenas sobresaliendo en la línea del horizonte. El conductor me avisó y
me desperté de inmediato. Las ventanas laterales del coche estaban reventadas
por las pedradas que recibían cotidianamente, pero entre sus grietas pude
distinguir, a lo lejos, un puñado de tiendas de campaña amarilleadas por el
polvo y el tiempo. Todo el conjunto, unas cinco o seis carpas, estaba rodeado
por un seto de matorrales espinosos y alambre de púas, que vedaban el paso a las
cabras, los camellos y las visitas indeseadas. La lejanía y aislamiento eran tal
que me produjeron vértigo. Aquello era una verdadera
avanzadilla en la primera línea del frente, instalada a muy prudente distancia
del campo de desplazados de Yirowe (60.000 personas refugiadas de los
escenarios de combate). Un punto perdido en un conflicto que a nadie importaba y en
medio de la soledad del páramo.miércoles, 6 de septiembre de 1995
Desatres balcánicos (I), Vivir y morir en Sarajevo
La capital bosnia, que sufre un duro y sangriento asedio, intenta recuperar una normalidad, continuamente interrumpida por los francotiradores
En todo este tiempo, el paisaje urbano de lo que antaño fue una de las más hermosas ciudades de Europa Oriental, se ha ido deteriorando. Desde barrios enteramente arruinados hasta otros —sobre todo los situados más al norte— que han logrado quedar al margen de las áreas de castigo habitual por parte de los artilleros y francotiradores serbo-bosnios. Estos, impunemente desde las colinas próximas —o incluso desde los edificios de algunos barrios próximos al centro, bajo su control—, tienen sometidos a los habitantes de Sarajevo al más sádico de los tormentos: los rascacielos de la capital bosnia, algunos todo un prodigio de arquitectura moderna, están carcomidos por lo orificios de los proyectiles, y las calles y avenidas son escenario cotidiano para sus prácticas de tiro. Fachadas reventadas por los impactos, edificios ennegrecidos por el fuego, parapetos en las aceras y fortificaciones con sacos terreros, que los propios vecinos han levantado para protegerse. Se ha ido configurando en la ciudad un paisaje gris, sobrecogedor en la zona de los barrios nuevos y sus largas avenidas. Y, sin embargo, el otro extremo, en el casco viejo y a lo largo de sus calles empedradas, la ciudad parece recuperar su ajetreo.
Por las callejuelas y los pequeños comercios, entre mezquitas e iglesias, se tiene la sensación de quedar más guarecido a la presencia cercana del enemigo. Incluso alguna de las calles peatonales del centro ofrecen por las mañanas de un día cualquiera el mismo panorama de otras ciudades europeas, con sus prisas, sus hombres encorbatados, taxis, mujeres con la bolsa de la compra. Entonces Sarajevo recobra una atmósfera sosegada en la que se respira la calma de sus calles casi sin tráfico, silenciosas. Pero de tanto en tanto un disparo sordo les devuelve a la realidad salvaje que los rodea. De nuevo se hace presente la amenaza que viene de las brumas de las colinas, más allá de los últimos barrios. Después, si el ataque no ha continuado, la escena recobra la normalidad y cada cuál sigue su camino entre las tiendas con escaparates vacíos.
La capital bosnia fue un próspero enclave comercial, uno de los más pujantes de Yugoslavia. Hoy, la paralización de la industria y la escasa circulación de vehículos ha hecho desaparecer la polución atmosférica. En el sector oeste, que a duras penas se mantiene en pie, están los magníficos recintos construidos con motivo de los XIV Juegos Olímpicos, en invierno de 1984. Entre ellos, la propia Villa olímpica, modélica en su días. Y diversas instalaciones para nobles enfrentamientos deportivos, todas hoy destruidas. El estadio Kosovo, el Centro Cultural y Deportivo Skenderija, que tanto orgullo provocaba a los ciudadanos. A lo lejos, en las mortíferas laderas del monte Igman, se encuentran los trampolines para el salto de 70 y 50 metros, y las pistas por donde ya no descienden los esquiadores.
“Pazi snajper”. Los carteles advierten del peligro en las calles donde las acciones de los francotiradores son más frecuentes, lo que no siempre disuade a los peatones. Con los disparos, surge en la gente alguna inquietud momentánea, alguna carrera. Después la calle retoma su pulso. Aunque para el visitante es imposible no moverse siempre con esa sensación de que se está en el punto de mira de alguno de esos desalmados agazapados en los edificios al otro lado de la avenida.
Hay determinadas calles y ciertos cruces y pasos que conviene eludir. “Tienes que vivir sin pensar en ello, si no nunca puedes estar tranquilo. Es mejor no pensar” —dice Melina, una maestra de treinta años quien, como muchos habitantes, resiste conteniendo su rabia, soportando con enorme coraje vivir en estas circunstancias. “Este año, tras un periodo de calma relativa, desde abril, cerraron el aeropuerto, cortaron la luz, pararon todo y reiniciaron los bombardeos. La situación ha vuelto al principio, al infierno de siempre” (...)
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| Sarajevo, con la Biblioteca Nacional a orillas del río Miljacka |
domingo, 16 de julio de 1995
La ciudad de la tristeza
Un año después de la tragedia, más de medio millón de ruandeses permanecen hacinados en los campos de Ngara, en Tanzania.
Benaco, Lukule, Kumasi y Musuhura son los nombres de los cuatro grandes campamentos de refugiados que se extienden a lo largo de las sabanas del noroeste de Tanzania, apenas a unos kilómetros de distancia de las fronteras de Ruanda y Burundi. A ellos se ha unido más recientemente el campo de Kitale, surgido a raíz de las últimas oleadas de burundeses que huyen del terror que se desata, ahora, en las aldeas próximas.
Este paisaje de desolación forma un caos de calles interminables, donde una permanente nube de polvo rojizo envuelve las miles de diminutas cabañas sembradas, a lo largo y ancho de la colina. Largas hileras de hombres, mujeres y niños cargados con troncos, paquetes o bidones de agua, invaden las cunetas, repitiendo una escena que evoca la de su huida, precipitada y angustiosa, de hace apenas unos meses. En las calles de los campos, entre el bullicio, se han montado pequeños mercadillos donde venden puñados de hortalizas, sal, jabones, cigarrillos o botes de alimentos sustraídos a la Cooperación. En unos caminos se organizan corrillos de jugadores cartas. Otros han instalado sus talleres de reparación de bicicletas, alguna que otra peluquería, bares… Incluso hasta un par de hoteles-cobertizo anuncian su hospitalidad con el cartel de Caribu —'bienvenidos', en Suahili—. Más allá, los niños se arremolinan ante los grifos de uno de los puntos de distribución de agua, disputándose a empujones los turnos para llenar un bidón que luego deberán transportar sobre la cabeza hasta sus tiendas. Afuera, lejos del griterío, el cementerio se reconoce por algunos palos entrecruzados que sobresalen de los montículos de tierra recién removida.
En los recintos al aire libre destinados a escuelas, el cántico de los niños resuena apagado por un murmullo que está siempre latente sobre los campos. Los pequeños refugiados apenas sonríen y tienen una mirada de frialdad que no poseen los niños de ningún otro lugar africano. Cargan con demasiado sufrimiento acumulado, viven un presente muy duro y les espera un destino de incertidumbre, a quienes no son sino hijos del odio y del miedo, entre dos pueblos enfrentados irreconciliablemente. Estos niños envejecidos contrastan con una circunstancia particularmente dramática: no hay ancianos en los campos. Todos quedaron atrás durante la huida.
La capacidad del hombre para adaptarse a la más hostil de las existencias es inagotable. Tal vez esto sea lo que más llama la atención a los miembros de las organizaciones internacionales de ayuda que trabajan en el campo. Unas treinta agencias, coordinadas por ACNUR, desarrollan su labor de asistencia médica y nutricional. Distribución alimentaria, acceso al agua y a la leña, y mil diversas tareas más hacen posible la supervivencia para todos estos seres humanos aquí concentrados.
Las sabanas de Ngara, donde hace solo unos meses crecían las acacias y los grupos de babuinos y gacelas, de la noche a la mañana, se convirtieron en la segunda «ciudad» más poblada de Tanzania. Ahora, los centenares de miles de familias hutus que huyeron de las masacres y de sus represalias son ya víctimas del olvido de la comunidad internacional. Dependen por completo de la ayuda humanitaria y los presupuestos de Naciones Unidas y del Programa Mundial de Alimentos están llegando a su fin.
Nadie en esta ciudad improvisada es capaz de entrever una solución a una situación que tiende a agravarse con el tiempo. Pocos confían en un regreso seguro a sus tierras de origen, tan próximas. Entretanto, cada amanecer comienza un día más afrontando el drama de vivir despojados de todo, bajo el implacable sol ecuatorial.















