lunes, 11 de febrero de 1991

O melhor Carnaval do mundo

Mes de febrero en São Salvador da Bahía de Todos os Santos: días de locura y desfogue colectivo. Miles de cuerpos morenos y sudorosos brincan desenfrenadamente a los sones de una veintena de tríos eléctricos —camiones-altavoz en los que un grupo musical va actuando sobre el techo—, recorriendo los lugares en multitud. Los mejores artistas y conjuntos bahianos suben y bajan incasablemente la ciudad, inundada de sonido y de ritmo.

Durante una semana frenética el Carnaval de Bahía es una gran fiesta salvaje, en la que la magia y la alegría del Brasil más africano discurren a raudales por barrios, calles y plazas. No hay plumas, ni carrozas, ni deslumbrantes vestidos. Tampoco disfraces espectaculares ni grupos organizados de bailarines. Sirve una simple camiseta y un pantalón corto para ir y venir danzando sin parar por las rúas atestadas, alternando sonidos, canciones, grupos musicales, a medida que nos desplazamos hacia otros lugares de la ciudad o aguardamos el paso de un nuevo camión musical.

Algunos grupos más cohesionados los constituyen los llamados blocos, pero marchan fundidos con el resto de la multitud y apenas diferenciados por sus sencillos uniformes. Incluso el más numeroso, los filhos do Gandhi —impecablemente vestidos de blanco y azul—, componen la nota de sosiego, simbolizando la paz que se disemina en medio de la vorágine multitudinaria, a veces violenta y que se aproxima al éxtasis colectivo a través de la música y el baile.  

           Transcurrida la semana de locura, se apagarán los ritmos del tambor y abandonaremos exhaustos las empinadas calles del barrio del Pelourinho. Habrá que dar cuenta de una buena feijoada como reparador festejo final. Y nos despediremos con tristeza para retomar los caminos que van surcando Brasil, pueblo a pueblo, avanzando hacia el sur en nuestro recorrido.

miércoles, 18 de abril de 1990

Por las entrañas profundas de los Andes

Del Cusco a Lima por Ayacucho.

De los mil caminos posibles para recorrer los Andes peruanos, recomiendo hacer esta ruta. Atraviesas paisajes fabulosos, serranías intrincadas, yermas unas, selváticas otras. Entras en contacto con personas que viven en otro tiempo, y en un continuo subir y bajar de las alturas, te desplazas en múltiples medios de transporte: del taxi colectivo al «tren macho», de la busetica atestada de gente, equipajes y gallinas, al tren ligero que supera quebradas de profundidades inverosímiles. Es una extraordinaria experiencia.

 ·   Cusco a Abancay Doscientos kilómetros, cinco horas de regular trocha a realizar un poco apelotonado en el microbús de línea.

·     Abancay a Andahuaylas: Ciento sesenta kilómetros, cuatro horas de camino de cabras embutido con otros seis pasajeros en un taxi colectivo.

·     Andahuaylas a Ayacucho: Doscientos cuarenta kilómetros, cinco horas por camino regular, como un marqués en un taxi-exprés contratado.

·     Ayacucho a Huancavelica: Doscientos cincuenta kilómetros, seis horas en el bus de línea, si no tienes vértigo y confiando en que no haya interrupciones por desprendimientos de las laderas rocosas.

·    Huancavelica a Huánuco: Ciento noventa kilómetros, cinco horas fabulosas en «el tren de Tintín». Indispensable leerse con anterioridad El Templo del Sol.  
 
 ·  Huánuco a Lima: Trescientos veinte kilómetros, ocho horas de intensa experiencia a bordo del «tren macho». Desciende por los contrafuertes andinos zigzagueando, desde casi 4818 metros del paso de Ticlio hasta el nivel del mar, en la estación de los Desamparados del centro de Lima.

Cusco, el ombligo del mundo

domingo, 11 de febrero de 1990

Crisis

Paso de Guatiquina, Jujuy. Argentina

 

—“¿Cómo están las cosas por aquí?”— pregunta Álvaro con los ojos bien abiertos y aguardando, expectante, la respuesta que despejará las dudas sobre el posible calvario que se nos viene encima. La mirada de desaliento del policía, mientras sella con un golpe seco los pasaportes, tumba de un plumazo nuestras esperanzas: “Bien requetejodidas, ché —dice sin ambages, devolviendo el documento. —Este quilombo se fue de las manos. La vida está más cara cada hora que pasa, pibes".

Atardece. Hemos alcanzado la aislada caseta del puesto fronterizo argentino, aproximándonos con inquietud. En el lado chileno, días antes, habíamos escuchado rumores sobre la situación de crisis que se ha desatado en Argentina. Los periódicos hablaban de caos económico, de grave despelote financiero. Estamos temerosos de que este nuevo país nos reciba con un coste de la vida tan encarecido, que nos haga imposible sobrevivir en él muchos días más. Hemos seguido la Pista 52, la más directa, pero más arriesgada y poco transitada: estamos cruzando los Andes por el Paso de Guaitiquina, a lo largo de territorios desolados del norte de la provincia de Jujuy. Hay que enfrentar el reto de cubrir más de 400 kilómetros continuados de ruta sin encontrar población habitada alguna. Ni un alma. Resultan asfixiantes los 4.200 metros de la cota más alta, en la soledad paramera de la línea de frontera. Por ello, recargamos hasta arriba los tanques de gasolina en la última estación chilena y atiborramos las alforjas con manzanas, antes de emprender camino. Además, el recorrido alberga otro riesgo: fueron plantadas un número desconocido de minas antipersonales durante el conflicto del Beagle (1981-1984): disputa chileno-argentina en los mares australes, por las islas ubicadas entre el canal Beagle y el cabo de Hornos. Y las minas siguen por ahí, dispersas, y sin que nadie tenga claro dónde se enterraron, incluso aquí tan al norte.

Tras una jornada entera por ese largo camino, nos hemos apresurado a preguntar por el nivel de precios al par de sorprendidos oficiales que nos dan la bienvenida tras la barrera. ¿Qué nos espera en Argentina? “Las cosas bien re-que-te-jodidas”, esa ha sido la bienvenida en el nuevo país al que nos vamos a adentrar. El policía ha resumido descarnadamente, en cinco segundos, la debacle que está sobreviniendo a una sociedad acostumbrada a vivir con un más que aceptable buen nivel de vida. Simultámeamente, en nuestras mentes, hemos empezado ya a improvisar un plan de emergencia que a todas luces incluye la partida inmediata hacia Buenos Aires. Ahora habrá que dedicar los ahorros disponibles casi únicamente al pago del combustible, para cubrir los 700 kilómetros que todavía nos separan de la capital. Eso es prioritario, por lo que ya veremos cómo nos las ingeniamos para comer algo los días que resten. Prevemos, por tanto, una única escala en Salta, donde si no encontramos una pensión rastrera al alcance de nuestras exiguas posibilidades, tocará protegerse del frío y dormir en algún parque. ¿Quién nos iba a decir que pasaríamos hambre en Argentina, el país de la carne de res? Así es la dura vida del motero, aguantando con estoicismo las penalidades que impongan las circunstancias en ruta.

Tras el control fronterizo, San Antonio de los Cobres es la primera localidad que aparece en el camino. Contamos, una vez más, los dólares que nos quedan, antes de ponernos a negociar con un cambista que ofrece australes, la moneda en curso aquí. Por un dólar nos entrega un buen puñado de billetes, con los que se puede pagar cada galón de gasolina: está bien, porque al menos el combustible nos sale bastante barato. Incluso con otro dólar podemos adquirir, por ejemplo, el saco de naranjas que vende el comerciante de un carrito próximo. Por lo menos podremos comer buena fruta. Cambiamos entonces cien dólares de golpe y nos entrega un voluminoso fajo de billetes locales. Algo más allá, seguimos cotejando precios y decidimos entrar en el mercado. Los semblantes cariacontecidos de las mujeres que hacen la compra, contrastan con las etiquetas de los precios: aunque las cifras en australes están cargadas de ceros, resulta sorprendente comprobar que las frutas, las hortalizas, también la carne o los huevos, tienen un precio bajísimo al convertirlos en dólares. Se hace evidente que es el cambio de moneda lo que se ha disparado, elevando con ello el costo en australes de cada artículo. Pero el valor de nuestra divisa, el dólar, por el contrario, adquiere más y más valía, a medida que esos australes suben. Nuestros escasos billetes se cotizan por una fortuna al cambiarlos a moneda local, una circunstancia que nos transforma de pobres a ricos en cuestión de segundos que disfrutamos con euforia. El dinero no hace la felicidad, pero en momentos en los que un viaje toca a su fin por falta de recursos, una situación así es como un soplo de aire fresco y la garantía de poder terminar nuestro periplo con calma. Incluso disfrutando todavía de algunos de los pequeños lujos y placeres que aparecen a nuestro paso. Para empezar, esa noche ocupamos la mejor suite del Gran Hotel de Salta, con agua bien caliente en la bañera, para espulgarnos. Y cena pantagruélica en el restaurante de la plaza mayor: el primero de los muchos asados que en los días siguientes habrán de constituir la dieta habitual.

Hay que llegar hasta Buenos Aires, desde donde podremos embarcar de vuelta a España las motocicletas y tomar el avión de regreso a casa. En la capital nos espera, desde hace semanas, el virtuoso Hernán, batería del acreditado grupo de rock “Los fabulosos Cadillacs”. Su hermano Raúl, en Madrid, nos había aconsejado tomar contacto con él. La consigna era llegar hasta su departamento, en el centro de la ciudad, pero nunca acabamos de concretarle una fecha de llegada. Y nos plantamos allí una noche de viernes, recién arribados, con toda la implementa de motos, equipaje y barro. Obviamente, no lo encontramos en un primer momento, pero decidimos esperarle en el contiguo parque Rivadavia. Pasaron las horas. No aparecía. Más allá de la medianoche resolvimos que, mejor que acudir a un hotel, ya resultaba más práctico echar mano de los sacos y dormir allí mismo. Estábamos muy agotados. Y también demasiado sucios. Instalamos el campamento. Al fin y al cabo, es lo que veníamos haciendo durante buena parte del viaje, y lo que queríamos era dar con el hermano de Raúl, nuestro futuro guía porteño. Tarde o temprano aparecería. Pasamos la noche tranquilos en el parque. A la mañana siguiente, nos despertó un jolgorio de chiquillería. Nos habíamos tendido justo en los bancos situados a las puertas de la Escuela pública nº3 y estábamos rodeados por una legión de niños y padres que se encaramaban curiosos a observarnos. 

 

Hernán (derecha de la imagen), a los mandos de su batería.

“Hernancito”, como le conoce todo el público, es una celebridad aquí. Apareció, por fin, luciendo una cazadora negra claveteada y la cabeza rapada, de la que cuelga un penacho de pelo como si fuera una coleta desubicada. Enseguida constataremos que allá donde va, le franquean todas las salas “vips” de cuanta boîte pisamos, y nos cuela en los principales garitos del mejor ambiente nocturno. La crisis está empezando a golpear y, quizás por ello más todavía, la juventud sale a la calle a dar rienda suelta a su desenfreno. Nuestro nuevo amigo, nos acabará llevando por todos los antros de la modernidad bonaerense.

Creo que recorrimos hasta el más remoto boliche de la agitada noche porteña. El último día ninguno quería marcharse de allí. Habían sido veladas de desenfreno, tras un largo viaje de un año por toda Latinoamérica. Fascinante y, al tiempo, agotador. Poníamos broche final en la capital argentina, presos de una mezcla de euforia y tristeza. Decidimos invertir nuestros últimos dólares en tremenda comilona, en una buena parrilla del barrio de San Telmo, donde recibimos toda una lección de gastronomía para carnívoros: por nuestros platos pasaron, aquel día, desde el consabido bife de chorizo, hasta la entraña, el matambre, el vacío, para terminar con una jugosa tira de asado. Todo horneando allí, dando vueltas en sus espetones frente a nosotros. Yo no tuve más sitio para los chorizos criollos ni los chinchulines, pero Álvaro y Hernán dieron buena cuenta hasta del último pedazo. Salimos del asador tambaleantes, apenas con tiempo de recoger el equipaje y tomar un remix hasta Ezeiza. Cuando llegamos al aeropuerto, el taxista tuvo que despertarnos: —“levantá, boludos, se les va a pirar el avión”—. Por los pelos alcanzamos el vuelo de Iberia, previa emotiva despedida de nuestro baterista y consejero gastrónomo. Ahí se quedaba Hernán, viéndonos partir con aflicción. Teníamos que dejarle atrás, con la crisis que se venía encima. Pero a buen seguro que se fue satisfecho a dormir profundamente, con la barriga bien llena, y con el sueño acumulado de tantas noches de quilombo y despelote en la ciudad porteña. Su abrazo y su sonrisa al decirnos adiós, nos lo confirmaban.

miércoles, 11 de octubre de 1989

Los fabulosos tiempos del motoaventurerismo

Las pistas que surcan el altiplano son confusas y frecuentemente ni aparecen en los mapas
Portada de la revista Los Aventureros con fotografía en la Rodovia Trasamazónica Roraima-Manaus

miércoles, 22 de febrero de 1989

El sueño de Canaima

Camino de Santa Elena de Uairén  
 
Siempre he soñado con volver a recorrer los Llanos del Apure durante jornadas. Y al final de cada día, escuchar el lamento de los joropos adormecido al vaivén de la hamaca. Continúo soñando y me dirijo al sur, más allá del Orinoco, para perderme por las selvas de Canaima. En mi sueño viajo de Kavanayén a Monte Roraima, de las brumas del Salto Ángel hasta llegar a los tepui más negros y gigantescos de esas tierras profundas de Venezuela.