Paso de
Guatiquina, Jujuy. Argentina
—“¿Cómo están las cosas por aquí?”—
pregunta Álvaro con los ojos bien abiertos y aguardando, expectante, la
respuesta que despejará las dudas sobre el posible calvario que se nos viene
encima. La mirada de desaliento del policía, mientras sella con un
golpe seco los pasaportes, tumba de un plumazo nuestras esperanzas: “Bien requetejodidas, ché —dice sin ambages,
devolviendo el documento. —Este quilombo
se fue de las manos. La vida está más cara cada hora que pasa, pibes".
Atardece. Hemos
alcanzado la aislada caseta del puesto fronterizo argentino, aproximándonos con inquietud. En el lado chileno, días antes, habíamos escuchado
rumores sobre la situación de crisis que se ha desatado en Argentina. Los
periódicos hablaban de caos económico, de grave despelote financiero. Estamos temerosos
de que este nuevo país nos reciba con un coste de la vida tan encarecido, que
nos haga imposible sobrevivir en él muchos días más. Hemos seguido la Pista 52,
la más directa, pero más arriesgada y poco transitada: estamos cruzando los
Andes por el Paso de Guaitiquina, a lo largo de territorios desolados del norte
de la provincia de Jujuy. Hay que enfrentar el reto de cubrir más de 400 kilómetros continuados
de ruta sin encontrar población habitada alguna. Ni un alma. Resultan asfixiantes
los 4.200 metros de la cota más alta, en la soledad paramera de la línea de frontera. Por
ello, recargamos hasta arriba los tanques de gasolina en la última estación chilena
y atiborramos las alforjas con manzanas, antes de emprender camino. Además, el
recorrido alberga otro riesgo: fueron plantadas un número desconocido de minas
antipersonales durante el conflicto del Beagle (1981-1984): disputa chileno-argentina
en los mares australes, por las islas ubicadas entre el canal Beagle y el cabo
de Hornos. Y las minas siguen por ahí, dispersas, y sin que nadie tenga claro dónde
se enterraron, incluso aquí tan al norte.
Tras una jornada
entera por ese largo camino, nos hemos apresurado
a preguntar por el nivel de precios al par de sorprendidos oficiales que nos
dan la bienvenida tras la barrera. ¿Qué nos espera en Argentina? “Las cosas bien
re-que-te-jodidas”, esa ha sido la bienvenida en el nuevo país al que nos
vamos a adentrar. El policía ha resumido descarnadamente, en cinco segundos, la
debacle que está sobreviniendo a una sociedad acostumbrada a vivir con un más que
aceptable buen nivel de vida. Simultámeamente, en nuestras
mentes, hemos empezado ya a improvisar un plan de emergencia que a todas luces
incluye la partida inmediata hacia Buenos Aires. Ahora habrá que dedicar los
ahorros disponibles casi únicamente al pago del combustible, para cubrir los 700 kilómetros que
todavía nos separan de la capital. Eso es prioritario, por lo que ya veremos
cómo nos las ingeniamos para comer algo los días que resten. Prevemos, por
tanto, una única escala en Salta, donde si no encontramos una pensión rastrera
al alcance de nuestras exiguas posibilidades, tocará protegerse del frío y dormir
en algún parque. ¿Quién nos iba a decir que pasaríamos hambre en Argentina, el
país de la carne de res? Así es la dura vida del motero, aguantando con estoicismo
las penalidades que impongan las circunstancias en ruta.
Tras el control
fronterizo, San Antonio de los Cobres es la primera localidad que aparece en el
camino. Contamos, una vez más, los dólares que nos quedan, antes de ponernos a
negociar con un cambista que ofrece australes, la moneda en curso aquí. Por un
dólar nos entrega un buen puñado de billetes, con los que se puede pagar cada
galón de gasolina: está bien, porque al menos el combustible nos sale bastante
barato. Incluso con otro dólar podemos adquirir, por ejemplo, el saco de
naranjas que vende el comerciante de un carrito próximo. Por lo menos podremos
comer buena fruta. Cambiamos entonces cien dólares de golpe y nos entrega un
voluminoso fajo de billetes locales. Algo más allá, seguimos cotejando precios
y decidimos entrar en el mercado. Los semblantes cariacontecidos de las mujeres
que hacen la compra, contrastan con las etiquetas de los precios: aunque las
cifras en australes están cargadas de ceros, resulta sorprendente comprobar que
las frutas, las hortalizas, también la carne o los huevos, tienen un precio
bajísimo al convertirlos en dólares. Se hace evidente que es el cambio de
moneda lo que se ha disparado, elevando con ello el costo en australes de cada
artículo. Pero el valor de nuestra divisa, el dólar, por el contrario, adquiere
más y más valía, a medida que esos australes suben. Nuestros escasos billetes se
cotizan por una fortuna al cambiarlos a moneda local, una circunstancia que nos
transforma de pobres a ricos en cuestión de segundos que disfrutamos con euforia.
El dinero no hace la felicidad, pero en momentos en los que un viaje toca a su
fin por falta de recursos, una situación así es como un soplo de aire fresco y
la garantía de poder terminar nuestro periplo con calma. Incluso disfrutando todavía
de algunos de los pequeños lujos y placeres que aparecen a nuestro paso. Para
empezar, esa noche ocupamos la mejor suite del Gran Hotel de Salta, con agua bien
caliente en la bañera, para espulgarnos. Y cena pantagruélica en el restaurante
de la plaza mayor: el primero de los muchos asados que en los días siguientes habrán
de constituir la dieta habitual.
Hay que llegar
hasta Buenos Aires, desde donde podremos embarcar de vuelta a España las
motocicletas y tomar el avión de regreso a casa. En la capital nos espera,
desde hace semanas, el virtuoso Hernán, batería del acreditado grupo de rock “Los
fabulosos Cadillacs”. Su hermano Raúl, en Madrid, nos había aconsejado tomar
contacto con él. La consigna era llegar hasta su
departamento, en el centro de la ciudad, pero nunca acabamos de concretarle una
fecha de llegada. Y nos plantamos allí una noche de viernes, recién arribados,
con toda la implementa de motos, equipaje y barro. Obviamente, no lo
encontramos en un primer momento, pero decidimos esperarle en el contiguo
parque Rivadavia. Pasaron las horas. No aparecía. Más allá de la medianoche
resolvimos que, mejor que acudir a un hotel, ya resultaba más práctico echar
mano de los sacos y dormir allí mismo. Estábamos muy agotados. Y también
demasiado sucios. Instalamos el campamento. Al fin y al cabo, es lo que
veníamos haciendo durante buena parte del viaje, y lo que queríamos era dar con
el hermano de Raúl, nuestro futuro guía porteño. Tarde o temprano aparecería. Pasamos la noche tranquilos en
el parque. A la mañana siguiente, nos despertó un jolgorio de chiquillería. Nos
habíamos tendido justo en los bancos situados a las puertas de la Escuela
pública nº3 y estábamos rodeados por una legión de niños y padres que se
encaramaban curiosos a observarnos.
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Hernán (derecha de la imagen), a los mandos de su batería.
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“Hernancito”,
como le conoce todo el público, es una celebridad aquí. Apareció, por fin,
luciendo una cazadora negra claveteada y la cabeza rapada, de la que cuelga un
penacho de pelo como si fuera una coleta desubicada. Enseguida constataremos
que allá donde va, le franquean todas las salas “vips” de cuanta boîte pisamos,
y nos cuela en los principales garitos del mejor ambiente nocturno. La crisis
está empezando a golpear y, quizás por ello más todavía, la juventud sale a la
calle a dar rienda suelta a su desenfreno. Nuestro nuevo amigo, nos acabará
llevando por todos los antros de la modernidad bonaerense.
Creo que recorrimos hasta el más remoto boliche de la agitada noche porteña. El último día
ninguno quería marcharse de allí. Habían sido veladas de desenfreno, tras un largo
viaje de un año por toda Latinoamérica. Fascinante y, al tiempo, agotador. Poníamos
broche final en la capital argentina, presos de una mezcla de euforia y
tristeza. Decidimos invertir nuestros últimos dólares en tremenda comilona, en
una buena parrilla del barrio de San Telmo, donde recibimos toda una lección de
gastronomía para carnívoros: por nuestros platos pasaron, aquel día, desde el
consabido bife de chorizo, hasta la entraña, el matambre, el vacío, para
terminar con una jugosa tira de asado. Todo horneando allí, dando vueltas en
sus espetones frente a nosotros. Yo no tuve más sitio para los chorizos criollos
ni los chinchulines, pero Álvaro y Hernán dieron buena cuenta hasta del
último pedazo. Salimos del asador tambaleantes, apenas con tiempo de recoger el
equipaje y tomar un remix hasta Ezeiza. Cuando llegamos al aeropuerto,
el taxista tuvo que despertarnos: —“levantá, boludos, se les va a pirar el
avión”—. Por los pelos alcanzamos el vuelo de Iberia, previa emotiva despedida
de nuestro baterista y consejero gastrónomo. Ahí se quedaba Hernán, viéndonos partir
con aflicción. Teníamos que dejarle atrás, con la crisis que se venía encima.
Pero a buen seguro que se fue satisfecho a dormir profundamente, con la barriga
bien llena, y con el sueño acumulado de tantas noches de quilombo y
despelote en la ciudad porteña. Su abrazo y su sonrisa al decirnos adiós, nos
lo confirmaban.
