sábado, 25 de abril de 2009

Líbano


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Ciudad de Trípoli

Líbano hoy: resiliencia, cultura y belleza en el corazón del Mediterráneo

por Mona Nassereddine 

Líbano es un país pequeño en tamaño, pero inmenso en historia, diversidad y carácter. Situado entre el mar Mediterráneo y las montañas del Levante, ha sido durante milenios un punto de encuentro de civilizaciones. Hoy, pese a los desafíos económicos y políticos que ha atravesado en los últimos años, sigue siendo un lugar vibrante donde la vida continúa con una energía sorprendente.

Beirut: una ciudad que nunca deja de reinventarse
Beirut no es una capital convencional; es una experiencia. Caminar por las calles es ver capas de historia superpuestas: edificios otomanos junto a arquitectura moderna, cafeterías elegantes al lado de galerías de arte independiente y ruinas romanas que aparecen inesperadamente entre barrios llenos de vida. La ciudad ha demostrado una resiliencia extraordinaria, especialmente tras la explosión del puerto en 2020. Desde entonces, muchos barrios han sido reconstruidos gracias al esfuerzo colectivo de sus habitantes. Beirut sigue siendo el centro cultural del país, con una escena artística activa, restaurantes innovadores y una vida nocturna que la ha hecho famosa en toda la región.Lo que más sorprende al visitante no es solo la belleza del litoral o el contraste entre mar y montaña, sino el espíritu de la ciudad: creativo, abierto y profundamente humano.

El turismo en el Líbano actual
El turismo está recuperando su dinamismo gracias al interés de viajeros que buscan destinos auténticos y culturalmente ricos. Líbano ofrece una combinación poco común: historia milenaria, gastronomía reconocida internacionalmente, naturaleza accesible y una vida cultural muy activa. Uno de los grandes atractivos del país es su escala. Las distancias son cortas, lo que permite explorar múltiples paisajes en un solo viaje. En un mismo día es posible nadar en el Mediterráneo, recorrer un sitio arqueológico y terminar viendo el atardecer desde una carretera de montaña. Una de las cosas más curiosas del Líbano es que se puede esquiar por la mañana y bañarte en el mar por la tarde; esto es posible gracias a la geografía del país: las montañas del Monte Líbano están muy cerca de la costa mediterránea, a veces a menos de unas hora en coche.

Además, el país destaca por su oferta gastronómica, desde restaurantes contemporáneos hasta pequeñas tabernas familiares donde se sirve comida local preparada con recetas tradicionales. Para muchos viajeros, la cocina libanesa se convierte en una de las memorias más duraderas del viaje.

Naturaleza sorprendente en cada región
Más allá de las ciudades históricas, Líbano es un destino privilegiado para los amantes de la naturaleza. Los bosques de cedros, símbolo nacional, transmiten una sensación de permanencia difícil de describir. Caminar entre estos árboles milenarios es una experiencia silenciosa y casi contemplativa.

 

 

Los bosques de cedros

El Valle de Qadisha, con sus acantilados y monasterios excavados en la roca, combina espiritualidad y paisajes dramáticos. Es un lugar ideal para el senderismo y para quienes buscan desconectar.

El Valle de Qadisha

En primavera, las cascadas como la de Baatara —que cae a través de formaciones rocosas naturales— muestran la fuerza del deshielo. Durante el verano, las rutas de montaña se llenan de excursionistas, mientras que el invierno transforma las cumbres en destinos para el esquí.

Baatara

El valle de la Bekaa ofrece horizontes abiertos, viñedos y una atmósfera rural distinta al litoral. Allí la naturaleza se percibe más extensa y tranquila, perfecta para viajes pausados.

Más allá de la capital: un país de contrastes
Una de las mayores riquezas de Líbano es que en menos de una hora puedes pasar de la playa a la nieve. Esta cercanía entre paisajes hace que cada escapada se sienta como un cambio de país. En la costa, ciudades como Byblos y Tiro recuerdan el legado fenicio. Sus puertos fueron puertas hacia el Mediterráneo y todavía hoy conservan un encanto que mezcla pasado y presente.

 

Byblos

En el interior, Baalbek impresiona por la monumentalidad de sus templos romanos, recordando la importancia histórica de la región.

Baalbeck

Y luego están los pueblos tradicionales, donde las casas de piedra dominan el paisaje y la vida cotidiana mantiene un ritmo más sereno.

La gente libanesa: hospitalidad y fortaleza
Si hay algo que define a Líbano es su gente. Los libaneses son conocidos por su hospitalidad genuina. No es raro que una conversación casual termine en una invitación a tomar café o compartir comida. Existe una fuerte cultura familiar y comunitaria. Las reuniones alrededor de la mesa son fundamentales, y la comida se vive como un acto social más que como una simple necesidad. Esa calidez hace que muchos visitantes sientan que no están solo viajando, sino siendo recibidos. Al mismo tiempo, los libaneses han desarrollado una notable capacidad de adaptación. Acostumbrados a los cambios, suelen mostrar creatividad para salir adelante. El emprendimiento es común, y la educación y el conocimiento se valoran profundamente. También destaca su conexión con el mundo. La diáspora libanesa es enorme, lo que ha creado una mentalidad abierta y multicultural. Es fácil encontrar personas que hablen varios idiomas y que se muevan con naturalidad entre distintas culturas. 

Un presente complejo, pero lleno de vida
No se puede hablar del Líbano actual sin reconocer sus dificultades. La situación económica ha afectado el día a día de muchas personas, y los retos siguen siendo importantes. Sin embargo, reducir el país a sus problemas sería ignorar su esencia.

La música continúa sonando en los cafés, las bodas se celebran con entusiasmo, las playas se llenan en verano y las montañas reciben a excursionistas durante todo el año. Hay una determinación colectiva de seguir viviendo, creando y mirando hacia adelante.

Quizás esa mezcla de fragilidad y fuerza es lo que hace al Líbano tan especial.

Líbano no es un destino artificial; es real, intenso y profundamente cultural.

Aquí puedes desayunar frente al mar, almorzar en un pueblo de montaña y cenar en una capital cosmopolita. Puedes explorar ruinas milenarias por la mañana y asistir a un concierto por la noche.

Pero, sobre todo, puedes encontrarte con personas que, incluso en medio de la incertidumbre, eligen la amabilidad y la esperanza.

Líbano no es solo un lugar para ver; es un lugar para sentir.


miércoles, 15 de abril de 2009

Al Bahrayn, uno de los estados prósperos del Golfo Arábigo

Es el "menos rico" de los productores de hidrocarburos del Golfo, pero tiene unas reservas comprobadas de 300 millones de barriles.

 

Manama, la capital

jueves, 9 de abril de 2009

Dubái, dulce Dubái

No podía imaginar que en Dubái encontraría manjares así:

Barklava libanés
Dátiles suculentos
Chocolate con kunafa y pistacho

 

Gracias a Mona Nassereddine, que nos sorprendió con estás delicias.

El país del oro negro

Torre al-Burj

Emirato de Dubái. 2009 

En las orillas del desierto ha surgido, de un día para otro, esta megalópolis de rascacielos rutilantes. Aquí, donde hace apenas unos años no había más que jaimas, pastores y camellos. Así ha transformado el petróleo a este y al resto de emiratos del Golfo arábigo, pasando de las precariedades del pasado a un futuro de inmensa prosperidad. 

Lo mejor es tomar un taxi para dar una vuelta por lo más atractivo de la ciudad. Salvo excepciones, los vehículos pertenecen a empresas emiratíes, pero los conducen empleados hindúes o pakistaníes exquisitamente formales. Cobran estrictamente lo que marca el taxímetro y no resultan costosos. Dos horas de gira te puede salir por no más de 30 o 40 euros. Los conductores se expresan en ese inglés con resonancia hindú y entienden perfectamente lo que quieres ver y hacer. No obstante, en mi primera visita, di con uno que sólo hablaba urdu, por lo cual tuvimos que manejarnos con gestos. Resultó parecido a una divertida conversación entre sordomudos, en la que Rajib se hizo entender hábilmente.

Dubái está marcado por la impronta de la fabulosa torre Al-Burj, la más alta del mundo (850 metros). Subir hasta el mirador te hace sentir que sobrevuelas esta locura humana levantada sobre una tierra yerma. El vértigo está garantizado y el horizonte son brumas a nuestro alrededor. Hoy no es un día despejado sino que nos inunda la calima privándonos de las fabulosas vistas del desierto y el mar. Solo la ciudad, como un castillo de naipes, se perfila ahí abajo. El ascensor desciende a tal velocidad que a punto estoy de vomitar el café. Ya en tierra firme, retomamos Beach Avenue hasta The Palm Jumeirah, la sorprendente urbanización que crece penetrando en el mar. Son unos 20 km en los que tienes la larga playa a tu derecha y pasas frente al hotel Burj-al-arab, uno de los más lujosos y caros del mundo. Su magnífica arquitectura representa un gran velero frente al mar. Una vez en The Palm, toma el túnel bajo el mar hacia el final de la urbanización y llega hasta el enorme hotel Atlantis, en el camino verás un exponente de la locura de construcción ganada al mar.

También en estas costas se desarrolla el gigantesco proyecto "The World", construido a base de acumular arena formando islas que pretenden reproducir, a pequeña escala, los países y sus continentes. Resulta curioso ver el resultado desde el mapa satelital de Google. Toda esta parte de la ciudad no para de asombrar con sus paisajes de modernos edificios surgiendo uno tras otro. Sin embargo, el chófer propone enfilar la avenida Zayed, la principal y más directa para regresar al centro de Dubái. La arteria en su dilatada extensión es una deslumbrante sucesión de edificios futuristas. Algo así como un decorado desmesurado de cartón-piedra a mitad de camino entre Benidorm y Manhattan. 

Hay que acabar esta gira con una vuelta a pie por el Dubai Creeck, una ría atravesada por embarcaciones tradicionales en cuya orilla bien puedes comer algún platillo picante o fumarte una pipa narguilé. Es el centro populoso del emirato aunque no lo parece. Aquí no hay lujos ni excentricidades sino el ajetreo de sus mercadillos, tumultuosos y abarrotados como ciudad hindú o paquistaní. Se hace patente que el 80% de los habitantes son trabajadores extranjeros, sobre todo orientales, procedentes de Pakistán, India o Filipinas y se concentran en barrios humildes, sin rascacielos, pero salpicados de ambiente callejero. Sin lugar a dudas la zona más animada de la capital , a años luz de la modernidad de un país cuya minoría autóctona muestra una rigidez casi severa. Los dubaitíes siempre lucen al aire unas elegantes kanduras, túnicas de un blanco inmaculado. Y suelen ir tocados con la beonlema, ese bello turbante de cuadros rojos o negros que enrollan en la cabeza y que no mide menos de 5 metros de largo. Las mujeres, más circunspectas, salen a la calle luciendo la abaya, túnica negra que les cubre la mayor parte del cuerpo.

Pero las costumbres están cambiando en Dubái, como en Abu Dabhi o en tanto cualquiera de los otros cinco emiratos de la federación. Todo se trasforma a un ritmo vertiginoso, al impulso del shamal, el viento que a menudo sopla por todo el Golfo. Siglos de jaimas y camellos en las dunas del desierto, frente a la más pujante modernidad.